5:19 am.
Caras cansadas, grises y fugaces. Con sus mentes aferradas a esos últimos fragmentos onhíricos que se mantienen rebeldes. A pesar de la ducha matutina. Porfiados ante el café instantáneo. Trozos de sábanas cálidas, húmedas ó solitarias. Con la vista perdida. Flotando en la cotidianidad inmediata que se revela de madrugada. Cuando aún la ciudad duerme, sus entrañas cobijan obreros esmerados. Transportándose al abismo de ocho, o más, horas diarias que compone la rutina. Purgatorio de los luchadores. Rostros somnolientos. Sudamericanos, africanos, asiaticos; la créme de la créme del proletariado inmigrante. Manos ásperas y agrietadas, que laburan subterráneamente en los llamados países desarrollados. Escuálidos desayunos, honestos anhelos. Desafios diarios mezclados con propaganda electoral que los acusa sin justificación. A ocurrido siempre igual. ¿Por qué tendría que ser diferente?
Junto a ellos uno que otro giri. Llegando de algún carnaval de destilados. Rubios y felices. Mezclandose con los vivos, tal como Judas lo hacía en las camas de los apóstoles. Con una lata en la mano, con otra deslizandose por el cuerpo de turno. Romances de verano, amoríos de primavera. Que importa, la líbido no descanza. El mundo folla, trabaja y sueña; como una horrenda máquina programada. Unos asientos más alla un sujeto tumbado por la bebida duerme indolente. Agazapado en los duros asientos del tren, ni sospecha que su teléfono táctil pasó a mejor vida. Junto a su billetera y los 5 € que le sobraron de la fiesta. Manos rapaces ya han cogido la cosecha. Llaménlo trabajo en tiempos de crisis.
Suena la alarma de cierre. Cada vez falta menos.
¿Y yo que hagó entre ellos?
Lo unico cierto es que el metro sigue su marcha, al igual que mi vida. Carriles desbocados...
HIJOS DE SATANÁS
Hace 14 horas





